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Durante más de dos décadas, científicos y militares españoles estudiaron la creación de un arsenal nuclear independiente. Palomares, Vandellós I, el Sáhara y las presiones internacionales marcaron la historia de un programa que nunca llegó a producir un arma

Durante la Guerra Fría, España estudió seriamente la posibilidad de fabricar su propia bomba atómica.

El programa recibió el nombre de Proyecto Islero y permaneció rodeado de secretismo durante décadas. Su objetivo era determinar si España disponía de los científicos, las instalaciones, las materias primas y la capacidad industrial necesarias para convertirse en una potencia nuclear militar.

El proyecto comenzó en 1963, durante la dictadura de Francisco Franco, y tuvo como director técnico al físico y militar Guillermo Velarde.

España nunca llegó a construir ni probar un arma nuclear. Sin embargo, distintos informes, testimonios y estudios históricos indican que el programa avanzó más allá de una simple especulación política.

El país disponía de reservas de uranio, personal científico especializado, reactores nucleares y territorios donde algunos mandos llegaron a contemplar una eventual prueba. Le faltaban, principalmente, una decisión política definitiva, una instalación propia para separar plutonio y la voluntad de asumir las enormes consecuencias internacionales.

El accidente de Palomares, la construcción de la central nuclear de Vandellós I y la negativa española a adherirse durante años al Tratado de No Proliferación Nuclear alimentaron las sospechas sobre las verdaderas ambiciones del régimen.

¿Por qué se llamó Proyecto Islero?

El nombre procedía de Islero, el toro de la ganadería Miura que causó la muerte del torero Manolete en 1947.

La denominación encajaba con la costumbre de utilizar nombres en clave para ocultar programas militares y científicos sensibles.

Durante muchos años, el conocimiento público del proyecto fue muy limitado. Buena parte de la información disponible apareció posteriormente a través de testimonios, documentos desclasificados y, especialmente, del libro publicado en 2016 por Guillermo Velarde bajo el título Proyecto Islero: cuando España pudo desarrollar armas nucleares.

Velarde había sido general de división del Ejército del Aire, investigador de la Junta de Energía Nuclear y catedrático de Física Nuclear. También participó en la creación del Instituto de Fusión Nuclear de la Universidad Politécnica de Madrid.

Su testimonio constituye una fuente fundamental para reconstruir el programa, pero debe manejarse con cierta cautela: algunos de los episodios más espectaculares de Islero se conocen principalmente por su propia versión y no siempre pueden contrastarse mediante documentación independiente.

España en la Guerra Fría

La España de comienzos de los años sesenta se encontraba en una posición estratégica peculiar.

El régimen franquista había superado parcialmente su aislamiento internacional gracias a los acuerdos firmados con Estados Unidos en 1953. Washington obtuvo el uso de bases militares españolas y, a cambio, España recibió ayuda económica, militar y política.

Pero esta relación no equivalía a una garantía automática de defensa ante cualquier conflicto.

España todavía no pertenecía a la OTAN —no ingresaría hasta 1982— y mantenía disputas territoriales que preocupaban especialmente a los militares: Gibraltar, el Sáhara Español, Ifni, Ceuta y Melilla.

La independencia de Marruecos en 1956 y sus reivindicaciones sobre territorios administrados por España aumentaron la inquietud.

Algunos mandos consideraban que Estados Unidos podía anteponer sus relaciones con Marruecos a los intereses españoles en el norte de África. Una fuerza nuclear propia habría proporcionado, según esta visión, una capacidad de disuasión independiente.

También existía una cuestión de prestigio internacional. Francia había realizado su primera prueba nuclear en 1960 y estaba construyendo una estrategia militar relativamente autónoma respecto a Estados Unidos y la OTAN.

Para determinados sectores del franquismo, disponer de una bomba significaba entrar en el reducido grupo de países capaces de defender sus intereses sin depender completamente de una superpotencia.

El encargo de 1963

En 1963, el vicepresidente del Gobierno, capitán general Agustín Muñoz Grandes, impulsó un estudio sobre la posibilidad de fabricar armas nucleares en España.

José María Otero de Navascués, entonces presidente de la Junta de Energía Nuclear, encargó la dirección técnica del trabajo a Guillermo Velarde.

La Junta de Energía Nuclear era el principal organismo español dedicado a la investigación atómica. Creada en 1951, desarrollaba trabajos sobre reactores, combustibles, minería de uranio, protección radiológica y otras aplicaciones civiles de la energía nuclear.

Velarde había ampliado su formación en Estados Unidos y poseía experiencia en física de reactores y tecnología nuclear.

El primer propósito de Islero no era fabricar inmediatamente una bomba, sino elaborar un estudio de viabilidad: conocer qué tipo de instalaciones serían necesarias, qué materiales podían obtenerse en España y cuánto costaría completar el programa.

Según el relato de Velarde, los cálculos iniciales indicaban que España poseía la capacidad científica necesaria para diseñar un arma de fisión basada en plutonio.

Pero diseñarla sobre el papel y construirla eran cosas muy diferentes.

El principal obstáculo: obtener el material nuclear

Para fabricar un arma nuclear no basta con tener uranio natural y científicos capaces de realizar los cálculos.

Es necesario producir material fisible utilizable y disponer de instalaciones industriales para procesarlo bajo estrictas condiciones técnicas y de seguridad.

España contaba con importantes reservas de uranio, pero no poseía libremente todos los medios necesarios para producir y separar material destinado a usos militares.

Los reactores de las primeras centrales españolas procedían principalmente de tecnología estadounidense. Su combustible y funcionamiento estaban sometidos a acuerdos de suministro y controles internacionales que dificultaban cualquier desviación hacia un programa armamentístico.

Esta dependencia reducía considerablemente el margen de maniobra del régimen.

El plutonio generado dentro de un reactor se encuentra mezclado con combustible irradiado altamente radiactivo. Para recuperarlo se necesita una planta de reprocesamiento, una instalación compleja que España nunca llegó a tener operativa a la escala necesaria.

Por ello, el tipo de reactor elegido y la posibilidad de controlar el combustible gastado adquirieron una enorme importancia dentro del Proyecto Islero.

Palomares: cuatro bombas de hidrógeno sobre Almería

El 17 de enero de 1966, un bombardero estadounidense B-52 colisionó con un avión cisterna KC-135 durante una maniobra de repostaje en vuelo sobre Palomares, en la provincia de Almería.

El B-52 transportaba cuatro bombas termonucleares B28.

Tres cayeron en tierra y una terminó en el mar Mediterráneo. Los explosivos convencionales de dos de las bombas detonaron al impactar, sin provocar una explosión nuclear, pero dispersaron plutonio sobre una amplia superficie.

Estados Unidos desplegó una enorme operación para localizar los artefactos, recuperar los restos y retirar parte de la tierra contaminada.

El accidente dejó una profunda huella política, ambiental y sanitaria que continúa abierta décadas después. Investigaciones recientes han detectado plutonio procedente del accidente incluso en sedimentos marinos de la zona.

Palomares también se convirtió en uno de los capítulos más controvertidos del Proyecto Islero.

¿Descifró España el secreto de la bomba H?

Guillermo Velarde fue enviado a Palomares para examinar los efectos del accidente y algunos de los restos recuperados.

Según su propio relato, el estudio de determinados componentes y materiales le permitió deducir el principio utilizado en las armas termonucleares modernas, conocido públicamente como configuración Teller-Ulam.

Velarde afirmó que llegó a esta conclusión sin recibir documentación clasificada estadounidense y que comunicó el descubrimiento mediante un informe reservado.

El episodio ha sido presentado en numerosas ocasiones como el momento en que España consiguió “el secreto de la bomba de hidrógeno”.

La afirmación necesita varios matices.

En primer lugar, comprender un principio físico no equivale a poseer la capacidad industrial necesaria para fabricar un arma termonuclear. Una bomba de esta clase exige materiales, precisión, instalaciones de pruebas y conocimientos de ingeniería muy superiores a los requeridos por un dispositivo de fisión elemental.

En segundo lugar, la historia descansa principalmente sobre el testimonio posterior de Velarde. Aunque algunos estudios académicos consideran plausible que analizara los restos y extrajera información relevante, no existe suficiente documentación pública para reconstruir de forma independiente el alcance exacto de su descubrimiento.

Palomares pudo proporcionar información científica útil al equipo español, pero afirmar que España quedó en condiciones inmediatas de fabricar una bomba de hidrógeno sería una exageración.

Franco congela el proyecto

Poco después del accidente de Palomares, el programa militar perdió impulso.

Según Velarde, Francisco Franco decidió congelarlo en 1966 por temor a las represalias de Estados Unidos y a las consecuencias económicas y diplomáticas.

Washington se oponía a la aparición de nuevas potencias nucleares. Una España armada habría complicado el equilibrio estratégico del Mediterráneo, las relaciones con Marruecos y el control estadounidense sobre las bases instaladas en territorio español.

Además, la economía española dependía todavía de la cooperación exterior, el comercio y las inversiones occidentales. Una confrontación con Estados Unidos podía resultar desastrosa.

La decisión no parece haber supuesto la eliminación completa de los estudios. La investigación nuclear continuó y determinados mandos mantuvieron viva la idea de conservar una opción militar para el futuro.

Luis Carrero Blanco, una de las personas más poderosas del régimen y firme partidario de una mayor independencia estratégica, aparece citado frecuentemente entre quienes apoyaban esa posibilidad.

Vandellós I y la conexión francesa

La central nuclear de Vandellós I, construida en Tarragona mediante cooperación hispano-francesa, ocupa un lugar central en la historia de Islero.

La planta empleaba un reactor de tecnología francesa UNGG: utilizaba uranio natural como combustible, grafito como moderador y dióxido de carbono como refrigerante.

Era un diseño diferente al de los reactores estadounidenses instalados en José Cabrera y Santa María de Garoña.

Los reactores de grafito-gas podían generar plutonio en su combustible irradiado. Francia había utilizado tecnologías relacionadas durante el desarrollo de su propio programa nuclear militar.

Esta característica convirtió a Vandellós I en una instalación potencialmente interesante para España.

Según Velarde, la central fue concebida inicialmente con una posible función dual: producir electricidad y mantener abierta la opción de obtener plutonio para armas.

Una reseña académica publicada por la revista Asclepio, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, señala que documentación francesa confirma que el plutonio de propiedad española podía contemplarse para usos civiles o militares.

Sin embargo, esto tampoco significa que Vandellós I fabricara bombas o entregara directamente plutonio militar a España.

La planta no disponía de una instalación española para reprocesar el combustible gastado. El combustible irradiado era enviado a Francia, donde podían separarse el uranio, el plutonio y los residuos de alta actividad.

Además, la incorporación de empresas eléctricas privadas al proyecto redujo el control exclusivamente militar y complicó todavía más el mantenimiento del secreto.

Por tanto, Vandellós I proporcionaba una capacidad nuclear potencial, pero España nunca completó la cadena industrial necesaria para convertirla de forma autónoma en un arsenal.

¿Cinco bombas al año?

En su libro, Velarde llegó a estimar que el combustible de Vandellós I podría haber permitido obtener material para varias bombas anuales.

Esta cifra ha sido repetida frecuentemente en artículos sobre el Proyecto Islero.

Debe interpretarse como una estimación teórica basada en la producción potencial de plutonio del reactor, no como una cantidad de armas que España llegara a fabricar.

Para convertir ese material en bombas habría sido necesario:

  • Controlar y reprocesar el combustible irradiado.
  • Obtener plutonio con las características adecuadas.
  • Fabricar componentes de gran precisión.
  • Desarrollar sistemas de seguridad y detonación.
  • Integrar el arma en un medio de lanzamiento.
  • Validar el diseño mediante pruebas o simulaciones suficientemente fiables.

España no llegó a completar públicamente ninguno de estos pasos como un programa operativo de armamento.

La diferencia entre disponer de capacidad nuclear latente y poseer una bomba funcional es enorme.

La posible prueba en el Sáhara Español

Durante la reactivación de los estudios a comienzos de los años setenta se examinó, según distintos relatos, la posibilidad de realizar una prueba nuclear en el Sáhara Español.

El territorio ofrecía amplias zonas desérticas alejadas de los principales núcleos de población, pero una explosión habría sido difícil de ocultar.

Las estaciones sísmicas internacionales podían detectar pruebas subterráneas y una detonación atmosférica habría producido consecuencias ambientales y diplomáticas evidentes.

España también había ratificado el Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares de 1963, que prohibía las pruebas en la atmósfera, el espacio exterior y bajo el agua.

A mediados de la década de 1970, la situación del Sáhara se deterioró rápidamente. Marruecos organizó la Marcha Verde en 1975 y España abandonó el territorio poco después.

La pérdida del Sáhara eliminó el posible campo de pruebas y debilitó uno de los argumentos estratégicos originales del proyecto.

El Tratado de No Proliferación

El Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares se abrió a la firma en 1968 y entró en vigor en 1970.

El acuerdo reconocía como Estados poseedores de armas nucleares únicamente a aquellos que hubieran fabricado y probado una antes del 1 de enero de 1967.

Los demás países firmantes se comprometían a no fabricar ni adquirir armas nucleares y a aceptar salvaguardias internacionales sobre sus instalaciones y materiales.

España se negó durante años a adherirse.

Oficialmente, el régimen consideraba discriminatorio que el tratado consolidara el monopolio nuclear de cinco potencias. En la práctica, mantenerse fuera permitía conservar una posible opción militar.

Esta negativa alimentó las sospechas internacionales, especialmente porque España estaba desarrollando rápidamente un importante programa nuclear civil.

Los intentos de reactivación

El Proyecto Islero no tuvo una evolución lineal. Atravesó etapas de impulso, congelación y reconsideración.

En 1971, durante la jefatura del Alto Estado Mayor del general Manuel Díez-Alegría, se retomaron estudios sobre la viabilidad de una fuerza nuclear española.

El Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional también habría examinado las posibilidades militares, económicas y estratégicas.

Durante la transición democrática, determinados sectores todavía defendían conservar la opción nuclear. La incertidumbre sobre el Sáhara, Ceuta, Melilla, Gibraltar y la posición internacional de España seguía formando parte del debate estratégico.

Pero el contexto había cambiado.

La muerte de Franco, el asesinato de Carrero Blanco, la democratización del país y el objetivo de integrarse plenamente en Europa reducían el espacio político para desarrollar clandestinamente armas nucleares.

España necesitaba tecnología, combustible y cooperación exterior para mantener sus centrales. Estados Unidos podía condicionar esos suministros a la aceptación de controles internacionales.

El final efectivo de Islero

A comienzos de los años ochenta, el programa había perdido prácticamente toda viabilidad política.

España aceptó acuerdos de salvaguardias destinados a garantizar que los materiales nucleares civiles no fueran desviados hacia armamento. La entrada en la OTAN en 1982 y en la Comunidad Económica Europea en 1986 modificó definitivamente su posición estratégica.

La protección occidental y la integración europea sustituyeron la aspiración de mantener una disuasión nuclear independiente.

El cierre jurídico llegó en 1987, durante el Gobierno de Felipe González.

España depositó su instrumento de adhesión al Tratado de No Proliferación el 13 de octubre de 1987. Según el Boletín Oficial del Estado, el tratado entró en vigor para España el 5 de noviembre de ese mismo año.

Al adherirse como Estado no poseedor de armas nucleares, España se comprometió formalmente a no fabricar ni adquirir este tipo de armamento y a someter sus actividades nucleares civiles al sistema internacional de salvaguardias.

A partir de ese momento, cualquier aspiración militar heredada del Proyecto Islero quedó legal y políticamente cerrada.

¿Estuvo España realmente cerca de tener la bomba?

La respuesta depende de qué entendamos por “estar cerca”.

España reunía algunas condiciones importantes:

  • Científicos e ingenieros con formación nuclear avanzada.
  • Reservas nacionales de uranio.
  • Una Junta de Energía Nuclear con capacidad investigadora.
  • Reactores capaces de generar plutonio en el combustible irradiado.
  • Conocimientos teóricos sobre armas de fisión.
  • Cooperación tecnológica con Estados Unidos y Francia.
  • Sectores militares y políticos favorables a disponer de una fuerza disuasoria.

Pero faltaban elementos decisivos:

  • Una planta española operativa de reprocesamiento a escala adecuada.
  • Plutonio militar disponible bajo control completamente nacional.
  • Infraestructura industrial específica para fabricar las armas.
  • Un programa probado de integración y lanzamiento.
  • Ensayos que validaran los diseños.
  • Una decisión política sostenida para afrontar el coste y el aislamiento internacional.

España poseía una capacidad nuclear latente y probablemente podía haber avanzado más si hubiera dedicado suficientes recursos durante varios años.

Eso es diferente de afirmar que tenía una bomba terminada o que podía construirla inmediatamente.

El Proyecto Islero demostró que existían conocimientos, voluntad en determinados sectores y un estudio serio de la opción militar. No demostró la existencia de un arsenal.

Un programa entre la historia y el secreto

Reconstruir el Proyecto Islero resulta difícil porque nació para permanecer oculto.

Parte de la documentación continúa sin conocerse, pudo ser destruida o permanece dispersa entre archivos militares, diplomáticos y empresariales. Muchos de sus protagonistas murieron antes de ofrecer un testimonio público.

La obra de Guillermo Velarde abrió una ventana fundamental al programa, pero también condicionó su interpretación. Las afirmaciones más llamativas —el descubrimiento del mecanismo termonuclear, la intención militar de Vandellós o el número de bombas que podrían producirse— proceden en gran medida de su relato.

Los estudios académicos posteriores han confirmado partes importantes del contexto: la ambición nuclear del régimen, la capacidad dual de determinadas tecnologías, la colaboración francesa y la preocupación internacional.

Otros aspectos continúan sujetos a debate.

La bomba que España decidió no construir

El Proyecto Islero fue producto de una época marcada por la Guerra Fría, la descolonización y el deseo del franquismo de convertir a España en una potencia independiente.

Sus promotores contemplaron la bomba atómica como una herramienta de prestigio y disuasión frente a amenazas que, desde su perspectiva, no estaban suficientemente cubiertas por Estados Unidos.

Palomares proporcionó un acceso excepcional a los restos de armas termonucleares. Vandellós I ofreció una posible vía hacia el plutonio. El Sáhara apareció como hipotético lugar de ensayo.

Pero ninguna de estas piezas llegó a formar un programa completo y operativo.

Las presiones internacionales, la dependencia tecnológica, el coste económico, los cambios políticos y la integración de España en las instituciones occidentales acabaron imponiéndose.

España no renunció a una bomba que ya tuviera construida. Renunció a conservar la opción de fabricarla algún día.

Esa diferencia explica por qué el Proyecto Islero sigue resultando fascinante: no fue únicamente una fantasía, pero tampoco llegó a convertirse en el arsenal secreto que algunos titulares sugieren.

Fue una posibilidad estudiada seriamente, mantenida durante años en la sombra y finalmente abandonada cuando el coste político de continuar superó cualquier supuesto beneficio estratégico.

Fuentes consultadas:

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