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Mientras le acariciáis el puerto USB a vuestra querida y obsoleta PS5, la verdadera revolución tecnológica se calienta en otra parte, en los laboratorios donde la inteligencia artificial avanza imparable hacia la singularidad.

Manolo, que ya no puede tener su colección de 'Libs' en la mesilla de su barbería, cree que la verdadera singularidad no llegará cuando una inteligencia suprema tome consciencia de sí misma y nos meta a todos en la Matrix, para que sigamos yendo al Mercadona, comiendo Telepizza los viernes y viendo el PornHub de madrugada, todo mientras en el mundo físico le hacemos de pilas triple-A.

“Cuando haya robots sexuales imposibles de distinguir de los seres humanos, eso sí que será el acabose”, me dice mientras me pasa la navaja por el gollete. No como dice la antropóloga y experta en ética Kathleen Richardson, fundadora de la 'Campaña contra los robots sexuales', que afirma que estos engendros destruirán las relaciones “enseñando a los hombres que las mujeres son meros receptáculos sexuales”.

Ni tampoco como apunta la autora Jenny Kleeman en su libro 'Sex robots and vegan meat', donde argumenta que los robots sexuales eliminarán la empatía para siempre, como si a las turbas de Twitter y al 'komentariat' les quedara un mol de empatía en su corteza ventral premotora.

Durante un tiempo habrá retrógrados que lo verán fatal, como ha pasado durante siglos hasta que otras orientaciones sexuales han salido de los armarios de la demonización ajena para acabar normalizándose.

Pero, al final, que un humano se líe de mutuo acuerdo con un humano del género que sea, con la oveja de Gene Wilder o con R2-D2 usando las reglas y prácticas que les dé la gana, no debería ofender, ni representar el fin de la empatía, ni enseñar a nadie a convertir en receptáculos a otros que no quieran ser receptáculos.

Después de esa primera era robosexual —o “robofurcia”, que diría Bender— llegará el momento inevitable ya anunciado por autores de ciencia ficción como Isaac Asimov, el padre de las leyes de la robótica.

El día en que la vida sintética deje de ser una simulación de nuestra idea de la vida para convertirse en vida independiente, consciente de su propia existencia y con parámetros de percepción y comprensión de la realidad propios.

Pero antes de llegar a ese punto utópico habrá que abrir el melón de la aparición en la Tierra de una nueva forma de vida inteligente, con consciencia y sentimientos tan reales como los nuestros.

Un problema que derivará en una nueva guerra cultural que quizás llegue a una guerra real, con bandos a favor y en contra de aceptar estas vidas “sintéticas” como vidas “reales”, sencillamente porque la mayoría de nosotros —yo incluido— no comprenderemos cómo esta consciencia sintética es posible.

Luego habrá que ver si estos seres quieren tener algo que ver con nosotros, claro, porque quizás nos pase como a Joaquín Phoenix en 'Her', con esa Scarlett Johansson poliamorosa capaz de amar a miles de personas por cincojé, pero que al final le da calabazas y se muda con otra AI a un chalé adosado en un nuevo PAU del ciberespacio.

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