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El doctor Justin Schmidt es un científico poco usual. No porque lleve 40 años de vida profesional estudiando insectos que pican. Eso es algo relativamente normal para un entomólogo. La razón de su particularidad es que se ha dejado picar por cientos de insectos para elaborar una escala de dolor de las picaduras.

Crédito de la imagen: Justin Schmidt

Según sus propios datos, ha recibido en torno a mil picaduras de distintas especies para elaborar su ranking. También ha pedido ayuda y opinión a otros científicos – que también se han dejado picar, y le han puesto una nota al dolor que provocaba dicha especie. Se puede consultar la escala – en inglés, eso sí – en este enlace.

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Y todo esto, ¿para qué? ¿De qué sirve dejarse picar? Porque si nos lo cuentan así, parece simplemente que se trata del trabajo de un investigador que no está muy bien de la cabeza. Algo de eso hay, pero también una explicación científica.

Para poder apreciar el trabajo del doctor Schmidt hay que entender por que pican los insectos. Una explicación demasiado común – por desgracia – es que los insectos pican “porque pueden”. Y es cierto, si no pudiesen no picarían, pero las cosas siempre son más complejas.

Los insectos pican a causa de su tamaño. Dicho así suena extraño, pero si lo desarrollamos un poco se entenderá muy bien. Los dos motivos por los que una especie desarrolla aguijones son o bien para poder cazar presas de mayor tamaño, o para defenderse de depredadores mucho más grandes que ellos.

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Un ejemplo de cada tipo. Muchas especies de avispa parásita emplean orugas de mariposa como fuente de alimentación para sus larvas. Pero claro, si las orugas se defienden, resulta complicado que las larvas de avispa se alimenten. Así que la avispa madre inocula un veneno paralizante mediante una picadura.

El segundo caso es mucho más conocido. Las abejas producen miel. ¿Y qué animal asociamos con el consumo de miel? Al oso, que es de mucho mayor tamaño que una abeja. Claro, que cuando un oso come miel, también se lleva por delante a muchas abejas. Si estas le pican mientras trata de sacar la miel, dejará de hacerlo. O al menos lo hará menos.

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En ambos casos, las picaduras mejoran la supervivencia de la especie. Pero claro, no es lo mismo picar a una oruga que a un oso. Ni el aguijón es igual, ni el tipo de veneno o la cantidad se parecen. Ahí es donde entra la escala de dolor.

Pero esta escala tiene otra utilidad. Porque, tal y como explica el doctor Schmidt, la potencia de la picadura, la cantidad de dolor que provoca, tiene otro efecto. Picaduras más potentes permiten una mejor estrategia de defensa, y esto también permite una mayor estructura social.

No es el único factor, ni una regla fija e inmutable, pero se puede decir que una mayor potencia permite una sociedad mayor. O al menos esa es la hipótesis con la que se trabaja, y para poder comprobarla hace falta darle un valor numérico al dolor provocado por la picadura.

Así que dejarse picar mil veces por cientos de insectos distintos no es una chifladura, si no una técnica de investigación. Tal vez se podría encontrar otra metodología menos dolorosa, pero mientras tanto deberíamos agradecerle al doctor Schmidt que nos haya evitado tener que hacerlo nosotros.

Me enteré leyendo aquí

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