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Esta historia la leí en el libro Guía del Observador de nubes, de Gavin Pretor-Pinney, fundador de The Cloud Appreciation Society.
El 28 de agosto de 1959 el coronel de la fuerza aérea norteamericana William Rankin salió en su caza a reacción F8U. A la altura de Norfolk se encontró con un gigante cumulonimbo en su camino (los cumulonimbos son nubes de gran tamaño, normalmente cargadas de malas noticias si pensabas salir de pic-nic) que no dudó en evitar ascendiendo por encima de ella. Cuando sobrevolaba el centro de la nube el motor del caza se paró y Rankin se quedó sin control del aparato y sin el sistema auxiliar de respaldo, lo que le obligó a eyectarse del avión.
Con una temperatura exterior de 50 grados bajo cero y sin bombona de oxígeno, Rankin comenzó a caer hacia el cumulonimbo, cuyo interior albergaba una fortísima tormenta que incluía agua, rayos y densas bolas de granizo que le golpeaban el cuerpo brutalmente hinchado por la violenta descompresión que había sufrido al eyectarse del avión sin traje de presión.
Rankin describió el interior de la nube como una horrible jaula de locos donde todo eran rugidos, violencia y golpes continuos que llegaban de todas direcciones. Aún en el interior de la nube, se abrió el paracaídas.
El piloto fue zarandeado en el interior de la nube durante cuarenta minutos antes de sentir la suave lluvia al descender por debajo de la nube. Milagrosamente salió vivo aunque notablemente magullado y dolorido por los golpes, el zarandeo, el frío y los efectos de la violenta descompresión. Tocó tierra en Carolina del Norte, a más de cien kilómetros del punto sobre el que se había eyectado del avión.
Un descenso en paracaídas desde esa altura (15.000 metros, unos 45.000 pies) normalmente supone poco más de diez minutos.
Encontré referencias a la historia en, además del mencionado libro, The Free Fall Research Page: Unlucky Skydivers, Weather History, August 28, en viejos mensajes de una lista de correo meteorológica australiana (Australian Weather Mailing List Archives), donde se debatía la veracidad de la historia, y en pocos sitios más.
El protagonista de la historia, William H. Rankin lo cuenta en primera persona en su libro The Man Who Rode the Thunder.
Sobre esto, ha habido otros casos de personas que se han adentrado
por accidente en fuertes tormentas, dos de ellos recogidos en el
artículo periodístico Storm rider's miracle survival y en Paraglider’s Ears Nearly Fall off in a Cumulonimbus Cloud.
Uno de los casos es el de He Zhongpin, un parapentista chino de 42 años
que se metió en una tormenta y no sobrevivió a las condiciones de su
interior: su cadáver apareció a 75 kilómetros de distancia, congelado y
asfixiado.
Distinto fue el caso de la joven parapentista alemana Ewa Wisnierska,
que afortunadamente sobrevivió a la experiencia de verse absorbida al
interior de una tormenta a 9.000 metros de altura (el Everest son
~8.848 metros), con temperaturas de cuarenta grados bajo cero y sin
apenas oxígeno durante 20 minutos.
Fuente: Microsiervos.

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