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Hace entre 1,9 y 1,8 millones de años, sobre suelo africano, la
evolución horneaba lentamente los primeros especímenes de nuestro árbol
genealógico. El Homo erectus se perfilaba como el primer
eslabón en la cadena de los “nuestros”, la estirpe que podemos rastrear
sin interrupciones hasta antes de ayer.
Fue el primero en salir del continente cuna, y presentó un asombroso 42% de incremento en su capacidad craneal respecto a su especie homínida más cercana: el Homo habilis, con el que convivió y con el que no se sabe si tuvo lazos de parentesco.
Hasta ahora, uno de los argumentos más significativos para explicar el estirón que supuso el H. erectus
se centraba en el famoso adagio de que somos lo que comemos. Por
entonces, la dieta de raíces, frutos, tubérculos, insectos y hojas
había hecho hueco a un potente y nuevo manjar: la carne.
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