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Las «shade balls» instaladas en Los Ángeles redujeron la evaporación, las algas y determinadas reacciones químicas, pero su fabricación también consumió agua, energía y miles de toneladas de plástico
En agosto de 2015, unas imágenes tan llamativas como desconcertantes recorrieron Internet. Millones de bolas negras eran arrojadas sobre un enorme embalse de Los Ángeles hasta cubrir prácticamente toda su superficie. (Un artículo que ya abordamos en 2018)
A primera vista, el proyecto parecía una ocurrencia desesperada para combatir la grave sequía que sufría California. La explicación más repetida aseguraba que las bolas impedirían la evaporación y permitirían conservar millones de litros de agua.
Esa interpretación solamente contaba una parte de la historia. Las denominadas shade balls se instalaron principalmente para proteger la calidad del agua, limitar la aparición de algas y evitar determinadas reacciones químicas provocadas por la luz solar.
Más de una década después, el sistema sigue siendo un ejemplo interesante de cómo una solución tecnológica puede funcionar y, al mismo tiempo, plantear dudas sobre su coste ambiental completo.
Un manto formado por 96 millones de esferas
El embalse de Los Ángeles está situado en Sylmar y constituye una de las mayores reservas de agua de la ciudad. Tiene una superficie aproximada de 71 hectáreas y puede almacenar unos 3.300 millones de galones, equivalentes a cerca de 12.500 millones de litros.
Para cubrirlo se emplearon 96 millones de esferas de polietileno de alta densidad, conocido por las siglas HDPE. Cada bola tiene unos diez centímetros de diámetro, pesa aproximadamente 40 gramos y contiene alrededor de 200 gramos de agua para evitar que el viento la desplace.
El proyecto costó unos 34,5 millones de dólares. Cada unidad tuvo un precio aproximado de 36 centavos.
Las bolas se acomodan unas junto a otras y forman una cubierta móvil que se adapta a los cambios del nivel del embalse. A diferencia de un techo convencional, no necesitan una estructura rígida de grandes dimensiones.
No se instalaron únicamente para ahorrar agua
El Departamento de Agua y Energía de Los Ángeles, LADWP, ha explicado repetidamente que la función principal de las bolas era proteger la calidad del agua potable.
La luz solar puede favorecer el crecimiento de algas y desencadenar reacciones entre el cloro utilizado en el tratamiento y ciertas sustancias presentes en el agua. En determinadas condiciones puede formarse bromato, un compuesto regulado por sus posibles efectos perjudiciales para la salud.
Al bloquear aproximadamente el 95 % de la luz solar, las bolas reducen la proliferación de algas y la necesidad de emplear cloro. Según el organismo municipal, esta disminución del tratamiento químico llegó a representar un ahorro de aproximadamente 28.000 dólares mensuales.
La cubierta también evita que aves, polvo y otros materiales entren directamente en contacto con el agua.
Por tanto, presentar el proyecto únicamente como una medida contra la evaporación conduce a una conclusión incompleta. La conservación de agua fue un beneficio añadido, pero no el único motivo de la instalación.
Hasta 1.100 millones de litros al año
Al reducir la superficie expuesta al sol y limitar la circulación del viento directamente sobre el agua, las bolas disminuyen considerablemente la evaporación.
Las estimaciones iniciales del LADWP indicaban que podrían evitar la pérdida de unos 300 millones de galones anuales, alrededor de 1.135 millones de litros.
El organismo llegó a calcular una reducción de la evaporación de entre el 85 % y el 90 % cuando la superficie permanecía completamente cubierta.
Estas cifras dependen, sin embargo, de la temperatura, la humedad, el viento, la lluvia y el nivel del embalse. Durante una sequía calurosa el ahorro puede ser mayor que durante un periodo húmedo.
La cantidad de agua conservada no debe interpretarse como una cifra fija que se repite exactamente todos los años.
¿Por qué las bolas son negras?
Elegir el color negro puede parecer extraño. Una superficie oscura absorbe más radiación solar que otra clara y, en principio, podría aumentar la temperatura.
La explicación se encuentra en el negro de carbón incorporado al polietileno. Este material actúa como estabilizador y protege el plástico frente a la radiación ultravioleta, retrasando su degradación.
Los responsables también estudiaron otros colores, pero algunos requerían pigmentos que podían desprenderse o no ofrecían suficiente resistencia después de permanecer durante años bajo el sol de California.
Según el LADWP, el calor absorbido en la superficie de las bolas no se transmite fácilmente al agua porque el plástico es un mal conductor. El propio embalse, profundo y con un enorme volumen de agua, también ayuda a mantener una temperatura relativamente estable.
Las esferas fueron fabricadas con material apto para estar en contacto con agua potable y certificadas conforme a los requisitos aplicables. El LADWP afirma que sus controles no han detectado liberaciones químicas preocupantes ni evidencias de que las bolas hayan generado microplásticos en el suministro.
No obstante, esta conclusión procede del propio gestor y exige mantener la vigilancia, especialmente cuando el material supera su vida útil prevista.
El coste que no aparecía en las fotografías
En 2018, investigadores de varias instituciones analizaron la huella hídrica de las 96 millones de bolas. Su pregunta era sencilla: ¿cuánta agua fue necesaria para fabricar un sistema destinado precisamente a ahorrar agua?
El polietileno se produce utilizando materias primas, electricidad y procesos industriales que también consumen recursos hídricos.
Los investigadores estimaron que fabricar las bolas pudo requerir entre uno y 2,9 millones de metros cúbicos de agua. La amplitud del cálculo se debe a las diferencias entre métodos de producción, procedencia de la energía y grosor del plástico.
Durante los primeros 18 meses, las bolas habrían evitado la evaporación de aproximadamente 1,7 millones de metros cúbicos.
En el escenario más favorable, el sistema recuperaba rápidamente el agua utilizada durante su fabricación. En el menos favorable necesitaba alrededor de dos años y medio para compensar su huella hídrica inicial.
Este cálculo generó titulares que aseguraban que las bolas gastaban más agua de la que ahorraban. Sin embargo, esa comparación solamente era cierta durante la primera etapa y en los escenarios de mayor consumo industrial.
Si han permanecido operativas durante más de diez años, el volumen acumulado de agua conservada debería superar ampliamente la empleada en fabricarlas, aunque la eficiencia anual haya variado. Esto es una inferencia razonable a partir de las cifras disponibles, no una medición independiente del balance completo durante los once años.
Más de 3.800 toneladas de plástico
Cada esfera pesa aproximadamente 40 gramos sin contar el agua interior. Multiplicando esa cantidad por 96 millones, el proyecto necesitó cerca de 3.840 toneladas de polietileno.
Ese enorme volumen introduce otras cuestiones ambientales. La fabricación del material requiere petróleo o gas, electricidad, transporte y procesos industriales. Al finalizar su vida útil, todas las bolas deberán retirarse, gestionarse y reemplazarse o reciclarse.
El LADWP estimó una duración mínima de diez años y aseguró que el polietileno sería reciclable. Sin embargo, que un plástico pueda reciclarse técnicamente no garantiza que el proceso resulte completo, rentable o exento de pérdidas.
También debe considerarse la energía necesaria para fabricar los repuestos si el sistema tiene que renovarse periódicamente.
Por eso, el análisis ambiental no puede limitarse al agua que deja de evaporarse. Debe abarcar la producción del plástico, las emisiones, el transporte, el mantenimiento, la retirada y el tratamiento final del material.
Una alternativa mucho más barata que cubrir el embalse
Pese a sus inconvenientes, las bolas ofrecían una ventaja económica considerable.
La alternativa estudiada consistía en dividir el embalse mediante un dique e instalar enormes cubiertas flotantes. El coste estimado superaba los 300 millones de dólares, casi diez veces más que el despliegue de las esferas.
El LADWP calculó que el proyecto permitiría ahorrar unos 250 millones de dólares frente a aquellas obras.
Las bolas tampoco fueron la única inversión realizada. En enero de 2022 entró en funcionamiento una planta de desinfección ultravioleta capaz de tratar el agua que sale del embalse.
Actualmente, la protección se basa en una combinación de sombreado, control químico, tratamiento ultravioleta y monitorización del agua.
La documentación publicada por el LADWP en 2025 todavía describía el embalse cubierto por las 96 millones de bolas instaladas en 2015. Por tanto, al menos en esa fecha, el proyecto continuaba formando parte del sistema de tratamiento y no había sido descartado.
¿Fue un éxito o un error?
La respuesta depende de qué aspecto se valore.
Como método para bloquear la luz, limitar las algas, reducir ciertas reacciones químicas y disminuir la evaporación, las bolas han cumplido su función según los datos del organismo responsable.
Desde el punto de vista económico, costaron mucho menos que construir una cubierta convencional sobre un embalse de semejantes dimensiones.
El aspecto más discutible se encuentra en su huella ambiental. Fue necesario fabricar miles de toneladas de plástico y consumir una cantidad importante de agua y energía. Además, su renovación plantea un desafío logístico y de reciclaje.
Esto no convierte automáticamente el proyecto en un fracaso. Demuestra que una tecnología ambiental puede trasladar parte de su impacto a otra fase o región.
Ahorrar agua en California mediante productos fabricados con agua y energía consumidas en otro lugar continúa produciendo un beneficio local, pero obliga a examinar el balance global.
La lección de las bolas negras
El caso del embalse de Los Ángeles recuerda que las soluciones llamativas deben evaluarse durante todo su ciclo de vida.
No basta con medir cuánta agua se conserva después de instalar una tecnología. También debemos calcular los recursos empleados para producirla, cuánto dura, cómo se mantiene y qué ocurrirá cuando tenga que retirarse.
Las 96 millones de bolas negras no fueron una simple ocurrencia ni solucionaron por sí solas la escasez de agua de California. Constituyeron una respuesta concreta a varios problemas de calidad y conservación en un embalse determinado.
Después de más de una década, el balance parece más complejo que los titulares que las presentaron como una genialidad absoluta o como un desastre ambiental. Funcionaron, pero su fabricación tuvo un coste que inicialmente apenas recibió atención.
Metadescripción
Los Ángeles cubrió un embalse con 96 millones de bolas negras para proteger el agua. Once años después analizamos su eficacia y verdadero coste ambiental.
Palabras clave
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Texto para redes sociales
En 2015, Los Ángeles arrojó 96 millones de bolas negras sobre un embalse. Redujeron algas, reacciones químicas y evaporación, pero fabricar miles de toneladas de plástico también consumió agua y energía. Once años después, este es su verdadero balance.
Fuentes
Artículo elaborado con información del Departamento de Agua y Energía de Los Ángeles, su documentación sobre la protección de los embalses y el tratamiento ultravioleta y el estudio publicado en Nature Sustainability sobre la huella hídrica de las bolas de sombra.
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Medioambiente
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